A lo largo de la historia, todas las culturas han prestado una especial atención al ciclo de la vida y a los momentos cruciales que pasan de una etapa a otra celebrando rituales simbólicos y públicos ajenos a las religiones. La aparición de los cultos transformó estos actos en ceremonias litúrgicas y no al contrario.
El primer rito es la presentación y entronización de un nuevo ser a una determinada sociedad e incluso si se trata del primero, al cambio de sus progenitores a la condición de padres; El segundo paso, el reconocimiento oficial de estatus de soltero a casado y el tercero, la muerte como fin e inicio de la transición biológica al más allá.
En nuestro país, con la Constitución instaurada en el año 1978, hemos pasado en pocos años de un régimen dictatorial con una sociedad confesionalmente católica a una democracia pluralista y laica, incrementándose de forma vertiginosa la demanda de ceremonias civiles - bautizos, bodas y funerales- con homenajes sin recurrir a dogmas.
Como es natural, este cambio social no se ha digerido bien entre las generaciones e incluso se observan tensiones dentro de una misma familia creyente, cuando un miembro, coherente con sus propias convicciones decide celebrarlo de forma civil.
La fe no puede ni debe ser jamás impuesta. Nuestro respeto, pues, es idéntico hacia los seguidores de cualquier credo y hacia quienes no profesan creencia alguna.
Consideración dentro de cada postura es de obligado entendimiento entre todos los seres: ser libres como dignidad humana y la libertad que supone la responsabilidad de cada acción tanto para sí mismo como para el prójimo.